jueves, 20 de diciembre de 2018

Columna


Algo más que palabras

 SIEMBRA DE BUENOS DESEOS

“Pensemos que no aguardar nada es como morirse en vida, porque la misma existencia, es empeño por vivir; no en vano, el futuro está impreso en el deseo”.

Es tiempo de apertura, de abrazar los anhelos y de reavivarnos unos a otros, lo que nos exige comprensión y compasión, en un momento de balances y propósitos, en el que la asistencia y la hospitalidad deben de formar parte de nuestras vidas. Por ello, hemos de tomar conciencia de lo mucho que tenemos por hacer; y, en consecuencia, es vital organizarse, coordinar labores, ponernos en camino, al menos para llevar una sonrisa de acompañamiento a las muchas víctimas inocentes de la injusticia humana. Sabemos que la tarea no es fácil, fraternizarnos con este espíritu tan egoísta que portamos (sálvese el que pueda), impide algo tan básico como erradicar la pobreza en el mundo, proteger el astro, y garantizar la dignidad para todos los moradores. En cualquier caso, bienvenidos los buenos deseos, aquellos que ponen en el centro a la persona y al planeta, con la ternura de Navidad y la esperanza en ese camino de amor, al que todos estamos adscritos. Pensemos que no aguardar nada es como morirse en vida, porque la misma existencia, es empeño por vivir; no en vano, el futuro está impreso en el deseo.

Ojalá que al calor de esa estrella poética, cuyo abecedario es la entrega incondicional, hallemos la fuerza de la certeza para salir de este aliento corrupto, que todo lo corrompe a través de una ciega cultura putrefacta, dejándonos abatidos. Sin duda, hemos de reaccionar más pronto que tarde con otras políticas sociales, si en verdad queremos mantener una humanidad más hermanada, a través de un orbe limpio para todos, en el que la solidaridad con ese mundo paciente ha de ser de corazón. Crucificados y agonizantes los débiles, casi siempre por ese otro mundo privilegiado, nos demandan otros dominios más ecuánimes. Por desgracia, la deshumanización es tan fuerte que parece que llevamos puesta una coraza. Tanto es así, que resulta complicado tender puentes, compartir sueños, armonizar todas las potencialidades humanas. Con frecuencia, olvidamos que en la diversidad y en la universalidad de formas, es donde conviene radicar la virtud del encuentro, en esa llamada de acción conjunta, sobre todo en la lucha por un orden social más equitativo, en el que todas las tensiones puedan ser absorbidas por ese valor comprensivo, que suelen cultivar las gentes de talento y de buen talante.

Naturalmente, todos estamos a tiempo de cambiar de actitudes. Quizás tengamos que ir a contracorriente. Pero el mañana es de la gente que vive, no del oportunista, ni tampoco del poderoso, sino de aquella ciudadanía que se afana por combatir la intolerancia, que trabaja codo a codo en la construcción de espacios habitables más pacíficos. Desde luego, el cese de hostilidades tiene que ser una acción prioritaria en un mundo que aspira a no fenecer en su propia miseria humana. Porque amar es más que un sentimiento, es un disposición, un acto de voluntad que consiste en solidarizarse con el análogo de manera permanente, pues por encima del propio bien de uno, está el bien de los demás. Precisamente, el amor y el deseo suelen formar parte del impulso de las grandes hazañas, de los magnos acontecimientos, de las buenas obras en suma. A partir de esta perspectiva, el momento es muy apto para vivirlo en familia, o para dejarse acompañar en sociedad por todos aquellos que esperan una época nueva más fraterna, distinta, pero jamás distante, ya que la paz vivida como familia es la meta a la que aspira la humanidad entera.

Justamente, la concordia es una actitud llamada a reunirse y a unirse, a ser colectiva. De ahí, lo fundamental que es no apagar este hálito navideño durante el año, ya que si los buenos deseos florecen siempre, la auténtica generosidad lo ilumina todo, principalmente para dar satisfacción a ese insaciable deseo de la mente de ver la verdad y de sentir el afecto como lenguaje del camino. Conservemos, pues, la ilusión de volvernos un poco niños, la mejor identidad nuestra, el emblema del eterno consorcio entre el pasión y la constancia. Prosigamos, por tanto, en la confianza de convertirnos en un buen acompañante de nuestros similares aquí en la tierra. En efecto, son los actos de cada uno como peldaños de una escalera, verdaderamente nos entusiasma subirlos, la cuestión es remontarlos unidos para luego abrazarnos todos a la llegada, sin que nadie falte. ¡Cuidado!, que ninguno se quede en el camino por nuestra culpa. El abrazo será más triste. Nos faltaría algo por ese alguien excluido. ¡Recapacitémoslo!

Víctor Corcoba Herrero/ Escritor

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