lunes, 11 de abril de 2016

Compartiendo diálogos conmigo mismo

La espiritualidad del amor

Mi amada es mi corazón,
y mi corazón es el suyo.
Somos la poesía viviente,
y el complemento preciso.
Dos imágenes en una sola,
dispuesta a no ser para ser.

Para ser amor, hay que amar.
Para ser savia, hay que ser.
Para ser yo, hay que ser tú.
Para ser tú, hay que ser él,
Para ser él, seamos todos.
Todos en unión y comunión.

Tras el darse y el donarse,
tras el amarse y el quererse,
yo soy para mi amada,
y mi amada es para mí,
dos miradas que se hablan,
que se funden y confunden.

Del amor venimos y a él vamos,
como realidad íntima de Dios,
crecidos de pasión nos morimos,
por ser para el otro la energía,
el aire que todo lo mueve,
el soplo que acompasa y acompaña.

Más que desear hay que sentir,
más que sentir hay que pensar,
más que pensar hay que aprender,
que el amor es lo que es, amor
a corazón desprendido, pues nadie
ha de ser poseído, sino entregado.

Promovamos este sacrificarse,
para remediar cualquier crisis,
abandonémonos en la paciencia
del que espera y no se desespera,
ya que para reconciliar espíritus,
hay que conciliar perdón con olvido.

Porque al amor le sobran posesiones,
¡tampoco quiere ser dominado!, ¡no!
quiere ser más que de sí mismo,
de quien le sonría porque sí,
de quien le nombre sin más,
de quien le quiera a pesar de todo.

Que amar no es únicamente querer,
es sobre todo abrazar con el alma,
sentir en la placidez del otro,
tu propia calma, y así colmarse,
de gozos, sabiendo que para ellos
tu no morirás jamás, ¡al ser su vida!



Víctor Corcoba Herrero

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