jueves, 23 de julio de 2015

Algo más que palabras

Un mundo de caminantes y caminos; de peregrinos con alma

Víctor Corcoba Herrero/ Escritor

La concepción del ser humano como un trotamundos es algo frecuente en todos los moradores de las diversas culturas. Somos peregrinos en una tierra de nadie, conquistada por algunos para sí, pero que no es suya. Europa misma se ha hallado alrededor de la memoria del apóstol gallego, en Santiago, a través de las diversas rutas europeístas. En su tiempo, ya Goethe apuntó, que la conciencia de Europa había nacido peregrinando. Personalmente, estoy convencido de que la peregrinación a Santiago de Compostela, fue uno de los elementos que favorecieron la comprensión mutua entre seres humanos venidos de todas partes, a una ciudad que destaca por ser un importante núcleo de caminantes y caminos, junto con Jerusalén y Roma, al señalar la tradición de que allí se dio sepultura al citado predicador. No olvidemos que la historia de la formación de las naciones europeas camina a la par y coincidente con la penetración del culto. Lo mismo sucede en otros continentes, a pesar de las crisis espirituales, la religiosidad del ser humano es tan fuerte que permanece unida a ese origen común. Sabemos como el poeta y prosista español Machado, que el camino no está hecho, que lo tenemos que realizar cada cual consigo mismo, porque evidentemente "se hace camino al andar". Además nadie puede realizar el camino por nosotros; y es, en cada uno de nosotros, donde se halla la eternidad del mundo, el pasado y el porvenir.

Ciertamente, nuestra existencia es un camino interior, que es el que nos otorga alegrías y tristezas, como cualquier sendero de la faz de la tierra. Mientras por un lado, hay una ciudadanía que todo lo derrocha, por mero afán de consumir, otra ciudadanía se muere en la desesperación de no tener nada que llevarse a la boca. Cohabita, de este modo, una deshumanización total que a todos nos está volviendo infelices. Omitimos que somos algo más que materia, que portamos una dimensión espiritual que nos hace reencontrarnos en el camino como seres humanos; y es, precisamente, ese encuentro con la creación y con el peregrinaje del alma en su conjunto, lo que nos hace descubrir el verdadero sentido de la vida. Naturalmente, y aunque cada ser humano tiene que inventarse su propio camino, hemos de ser una gran familia, donde todos los componentes se ayuden y se sostengan entre sí. Este es el gran objetivo de los caminantes, que no van a ningún sitio y están en todas partes auxiliando; que no indican camino alguno y frecuentan todos, con el único deseo de ser humildes para abrirse a los demás. Sin duda, tenemos que dejar que cada ser se ingenie su específico camino, pero también hemos de estar a su mano, porque individualmente somos frágiles y todos tenemos límites.

Por desgracia, en este mundo de caminantes y caminos; de peregrinos con alma, nada es lo que parece. Junto a una galopante deshumanización, las divisiones son tan graves, que todo se ha desnaturalizado y desmembrado. Por consiguiente, el ser humano tiene que retornar a los valores de su innato espíritu, volver a ser la autenticidad del camino si en verdad quiere reencontrarse y entenderse consigo y con los suyos, beber de sus orígenes, revivir aquellos valores que hicieron humana su historia y engrandecieron a la especie. No perdamos más tiempo. El mundo es uno y único. Los caminantes y los caminos diversos, pero no levantemos murallas de egoísmo, dejemos libremente fluir las almas con su intelecto, porque tan necesario como desarrollar políticas eficaces contra el hambre, es también la renovación espiritual y humana del mundo. No es cuestión de doctrinas tampoco, más bien que la gente se halle, para que pueda reorientarse y, así, pueda distinguir lo fundamental de lo accesorio. Ya está bien de dejarnos moldear por asuntos que nos aborregan y esclavizan, precisamos no tener miedo del silencio para escucharnos, tampoco de la soledad para sentirnos en nuestra específica intimidad;  y, lo que es más significativo, tener tiempo para recrearnos en la bondad del camino. ¿Quién no ansía ser vía, por la que todos pasen y convivan, y que luego recuerden?.  Pensar que uno existe porque alguien te perpetúa, pienso que esto es lo que realmente nos acrecienta como seres armónicos. Si Gandhi, dijo: "no hay camino para la paz, la paz es el camino"; yo, también expreso, que la reflexión no es alimento, pero alienta; sobre todo en un momento en el que cohabitan tantas guerras silenciosas que nos están destruyendo totalmente.

Tan vital como verse libre de toda miseria es que el mundo tome conciencia de que somos peregrinos con alma, que es aquello por lo que realmente cohabitamos, sentimos y maduramos. Por tanto, la experiencia de la peregrinación es una manera de dar conciencia a un transitar de aquí para allá, observando ese desequilibrio creciente, lo que llega a desencadenar un verdadero choque entre culturas. Por otra parte, para madurar como personas hemos de huir de mesianismos prometedores, y reinventarnos otras actitudes más hermanas con nuestros semejantes. Cuando la podredumbre alcanza el alma de las cosas, hay que buscar otras luces que nos corrijan los fallos, carencias y errores, no en vano somos animales itinerantes. El poeta León Felipe, decía al respecto: "ser en la vida romero, /romero sólo que cruza siempre por caminos nuevos./  Ser en la vida romero,/ sin más oficio, sin otro nombre y sin pueblo./ Ser en la vida romero.... sólo romero". Quizás esta descomposición  mundana precise más que nunca este alcohol de romero, pues igual que Europa entera se ha encontrado en otro tiempo alrededor de la memoria de Santiago, también ahora sea menester reanudar otro vivir, más en sentido profundo y compartido.


Lo que no podemos es quedarnos parados, somos caminantes, y como tales hemos de caminar unidos para construir, cuando menos otro mundo más habitable, o lo que es lo mismo, un planeta pacífico, sostenible y equitativo. Indudablemente, es hora de injertar en las almas esperanza y apoyo. Son muchos los caminantes que son mártires, pues, no conocen otra vida que la del tormento. Esta es la realidad. Desde luego, hemos de ser francos y reconocer que el mundo ha de asentarse mucho más en los valores humanos. Está muy bien la letra, nos la conocemos todos, pero hay que ir a su espíritu para que se haga esencia ese ánimo. Ante ello, esta es la hora de construir un nuevo planeta, con unos moradores fieles a sus tradiciones, a su rico patrimonio espiritual del que forma parte cada civilización, para que sea faro de caminantes y estímulo en el camino que todos llevamos consigo, sin obviar que la sensatez siempre es la ruta hacia el amanecer; y, en cambio,  la distracción, el trayecto hacia la anochecer. Al fin, que cada cual opte por su calzada, sabiendo que permitir una injusticia significa abrir la arteria a todas las que siguen; mientras quien volviendo a hacer el camino viejo, aprende el nuevo, puede considerarse un mentor.